Homenaje a Alejo...

Un sueño suspendido en el agua

Fue el doce de Junio del 2003, su vida se interrumpió en 27 años, 8 meses y 15 días. Desde entonces no hago sino preguntarme todos los días, como fue. Miles de respuestas me vienen a la mente y siempre me quedo con la misma de entre todas; Aquellos que nacen abuelos, tienen infancia de adultos y adultez de niños, tienen por encima de todo otra forma de vivir el tiempo, pues su reloj viro al revés y su tiempo se cuenta hacia atrás.

Alejandro, había muerto en el agua, haciendo un curso paradójicamente de natación de riesgo en la famosa piscina de los mundiales de Madrid. El socorrista y profesor del curso, que le supervisaba las inmersiones, no estaba en ese momento ni la casi media hora que permaneció flotando en el fondo de la piscina. Lo encontró un chaval de diecisiete años que paso buceando justo por su lado. Entre el y un abuelo que se estaba dando sus primeros baños del verano lo sacaron del agua e intentaron improvisar un boca a boca. Cuando el socorrista llego, ya habían llamado al Samur y a Telemadrid. Lo llevaron al Gregorio Marañon y allí estuvo en coma irreversible hasta las seis de la tarde del dia siguiente, pues sus padres pidieron que no desconectaran la maquina que le impulsaba artificialmente oxigeno a sus pulmones hasta que llegara Sara, su hermana pequeña desde Méjico para darle él ultimo adiós a su hermano mayor.

El velatorio fue en el Tanatorio Sur que esta situado al lado de la M30. Un centenar de personas desfilaron para dar el sentido pésame a la familia. Todas estas personas pertenecen a una red de refugiados políticos que han ido aterrizando en Madrid, desde mediados de los ochenta. Nos conocemos todos desde hace veinte años y tenemos una relación de clan familiar difícilmente explicable para aquellos que no la han vivido nunca. La familia de Alejandro como lo mía llego huyendo de la violencia que azotaba y azota Colombia. En el barrio de la Fortuna, se formo una pequeña colonia colombiana de distintos tonos de rojo.... Nuestras casas estaban cercanas y a veces eran una sola, por lo menos los niños así lo vivíamos. Alejandro y yo, los hermanos mayores, crecimos juntos con la conciencia de velar por el clan. De hecho su tesis de antropología la hizo sobre nosotros y nuestra particular identidad construida de nostalgias, abandonos, fugas y ausencias. Para explicar nuestra relación a otra gente que no nos conocía, siempre decíamos que éramos primos, pues en cierta forma lo fuimos, pero sobre todo fuimos cómplices y “parceros”. Mi parce, mi niño bonito… solo tú y yo sabemos todo lo que te echo en falta… Nunca se habían reunido todas esas personas que llegaban al centenar, con solo dos cosas en común; conocer a la familia y su trayectoria política dentro y fuera de Colombia. Y pertenecer a la izquierda Colombiana, aclarando, que cualquier postura distinta a la extrema derecha en Colombia, ya es considerada una postura de izquierdas.

Lo habían colocado dentro de una vitrina con una túnica blanca, con solo visible la cabeza, la túnica estaba adornada con encajes por todas partes, tenia cara de enfadado, no le estaba haciendo ninguna gracia “la pintita”. Le pregunte a su tía Estela si no seria mejor ponerle sus vaqueros favoritos y su camiseta roja. Ella también pensaba que con esa ropa era como más bonito se veía. Los más cercanos, le llamábamos Alejo y durante toda esa noche en vela, alternábamos conversaciones con él en la vitrina, contándole toda la gente que había venido, todo lo que sucedía, y hasta en algún momento haciéndole chistes. Nos pasamos toda la noche hablando “Carreta”, como se dice en colombiano, dándole al chisme y tomando café. Todos contábamos anécdotas y compartíamos con los demás toda la información que teníamos, desde la más actual, hasta la más lejana. La muerte es como una liberación del limite impuesto por el cuerpo, la carne, los horarios, la vida, las presiones, el futuro, el pasado… Todo deja de tener sentido cuando la muerte, rompe el recipiente. Quien muere deja de ser lo que era, para cobrar mayor fuerza e identidad en el imaginario, en el corazón y en la mente de las personas que realmente le han amado. Todas las facetas de Alejandro, todas sus vidas paralelas, queríamos quedarnos con una imagen más completa, conocer mas detalles sobre ese amigo que se marcha y que el tiempo que no te da el futuro te lo den sus otras historias, sus otros amores, sus otras amistades… Cada uno lo conocía en una faceta distinta y a veces contrapuesta. Si Alfredo conocía al hombre duro y valiente, yo conocía al ser tierno, inteligente, sencillo y lleno de sueños. Con cada persona uno desarrolla un aspecto distinto de su personalidad, somos un uno complejo, multiforme camaleónico. Y lo mismo, siempre, en esencia lo mismo. Quizás existan personas lineales, con la vida ordenada, sin problemas, traumas, sueños, deseos, conflictos a cuestas, pero yo no las conozco. Alejo, para mí, y la mayor parte de las personas que realmente me son cercanas, son seres de una intensidad vital desbordante. Y como son la gente que más conozco o he conocido pienso que todo el mundo será así. Y si no lo son, es porque a lo mejor no se dedican tiempo y van corriendo por su vida sin mirarse al espejo. No puedo dejar de pensar que los seres humanos somos animales complejos.

Yo tenia doce años cuando lo conocí, llevábamos alrededor de un año en España y habíamos llegado con la idea de estar de paso como en otros tantos lugares, éramos refugiados políticos, y el deseo de volver no se correspondía con la realidad de poder volver. Era una elección entre la vida en transito o una muerte segura y mucha violencia. Si estando fuera de Colombia, la guerra tenía una presencia de fantasma cotidiano, a la gente cercana que se arriesgaba a seguir viviendo allá era vivir con una sombra real en todo momento. Sin embargo habíamos aprendido que la guerra estaba más allá de las fronteras de ese país del que huíamos y se extendía a otros nuevos lugares que empezábamos a amar. Mozambique, nuestra anterior residencia a España, había estallado en guerra estando nosotros allí y por eso mis papas habían optado por emigrar a otro sitio. A la familia de Alejo le había pasado lo mismo, pero distinto. España fue su primer destino y a partir de ese momento nuestras vidas se unieron y discurrieron por carriles distintos, pero paralelos.

Nuestros padres soñadores e idealistas pertenecen a toda una generación de jóvenes colombianos que se forjo en mayo del 68, en los sueños de un mundo mejor, en la revolución cubana y en muchos sueños más… En las universidades de la Colombia de los años setenta, todo el mundo estaba metido en la política, había grandes fraudes electorales, injusticias, represión, desaparecidos… cualquier grupo o asociación era perseguida y vigilada. ( Aún hoy es así). Dentro de esa guerra civil no declarada, cualquier forma de pensamiento era pisoteado y castigado violentamente. Nuestros padres tejedores de quimeras, creyeron y confiaron en imposibles, en imposibles necesarios por otra parte… Creían en “el hombre nuevo”, y así nos educaron en la defensa de las injusticias, en la protección de los débiles, de los marginados, de los desfavorecidos…, ( o sea también de nosotros mismos). Desde que nos gestaron nos explicaron lo más hermoso y lo más odioso del mundo. Todo quedo desnudo a nuestros ojos de niños espantados; la muerte, la vida, el dolor, el amor, la amistad, el miedo, la desesperación… Nacimos abuelos, hablábamos como adultos, sin ser adultos, pensábamos como adultos y cuidábamos de los pequeños cuando los adultos desaparecían en reuniones interminables. Nuestros padres tienen un perfil común y nosotros somos su cosecha con una personalidad versátil, desarraigada y conflictiva, pero también muy amorosa e intensa. Todo eso nos hizo cercanos, amigos, cómplices y a veces también rivales a Alejo y a mí.

El jueves anterior, había llegado a mi casa como siempre, sin avisar y convencimos a mi compañera de piso por ese entonces una negra newyorkina impresionante a que se viniera a bailar con nosotros. Los colombianos, somos gente mestiza, con muchas raíces, africanas, indígenas, árabes, españolas e italianas. Nos gusta mucho bailar y no bailamos, sino que vivimos el baile como otra forma de comunicación, mucho más intensa, es la mejor forma en la que sacamos los sentimientos. Ese dia yo tenia una gripa que me llevaba de la fiebre, recuerdo que poco antes de llegará Alejo, tenia treinta y ocho grados y me iba a meter en la cama. Pero cuando llego, sentí que quizá esa era la ultima noche de nuestras vidas y que sudar la fiebre bailando me vendría muy bien. Y el salir con ellos esa noche se convirtió en una realidad urgente e imprescindible. Y nos fuimos a las discotecas de salsa en Sol. Donde parrandeamos hasta las cinco que llegamos a la casa borrachos de felicidad y hambrientos. Nos cocinamos unos huevos pericos que devoramos con pan y a las dos horas nos despertamos, yo para ir al trabajo y Alejo para irse a su casa, dejo el sofá donde había dormido intacto, con las sabanas pulcramente dobladas y ordenadas. Cuando lo vi, me acuerdo que pense con ternura que ya estaba madurando. Después las taquillas del tren nos despedimos con una sonrisa, como si nos fuéramos a ver siempre. Fue la ultima vez que lo vi con vida, sin quererlo fue nuestra mejor despedida, esa noche de rumba y esa sonrisa cómplice e incondicional entre los dos.

Alejandro, en cuerpo presente y el alma, eso tan complejo ya fundiéndose en el aire, en el agua, en el viento, en las nubes…pienso que su entierro fue de su agrado. Si hubiera estado vivo, habría disfrutado con todo ese desfile de gente, de todas sus novias, exnovias, amantes y proyectos de alguna de las dos categorías que se quedaron en stand-by.

La sala de ceremonias anterior a la incineradora, se le rindió un homenaje y éramos tantos que no cabíamos dentro de la sala. Y todos aportaron de alguna forma un detalle mas al universo que se expandía por el aire de quien fue y era Alejandro en nuestro corazón. Se le canto, se le pusieron tres de sus canciones favoritas, una de ellas que sintonizaba mucho con su carácter de conquistador pendenciero tanto que el estribillo lo hubiera podido componer él mismo:

“Quiero ser el único que te bese la boca, …
porque si, porque si,
porque en esta vida no quiero pasar un dia entero sin ti…”

Después nos reunimos en comer, beber y escuchar música, para seguir velándolo. Alfredo, su mejor amigo y yo, sabíamos que teníamos que prender la fiesta, porque fiesta no es sinónimo de felicidad, sino más bien de encuentro. Alejo no nos hubiera perdonado nunca, que no fuera así. Por eso, le servimos trago a todo el mundo y pusimos salsa vieja. Alfredo y yo empezamos a bailar, y era una situación extraña, pues cualquiera que no conociera a Alejandro o a nosotros, no lo podría entender. Y lo que nosotros intentábamos solo se pudo comprender cuando los papas de Alejandro, al son de los primeros acordes de la canción del “Ratón” de La Fania, inauguraron la pista de baile, que hasta ese entonces solo la ocupábamos nosotros. Y con ellos poco a poco todo el mundo se fue sumando por parejas y de forma individual, todos bailando alrededor de ellos, cerrando un circulo de amor, amistad y apoyo. Compartiendo su dolor y bailándolo pues no hay mejor forma para exorzizarlo.


La fiesta duro hasta avanzada la noche y el dolor no desapareció pero se suavizo… Alejandro flotaba entre nosotros y bailaba ya despidiéndose por fin de todos y dejándonos sus grandes ganas de vivir. La ultima canción, “Las tumbas” la cantamos a voz en grito, como la cantábamos siempre con él y en algún sitio del cosmos a veces me parece que la sigue cantando igual y le veo bailando y sonriéndome recordándome ese estribillo increíble y cierto:

“las tumbas son pá los muertos y yo de muerto no tengo ná”.



Asor

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