Querido abuelito Boo


Hace trece años que te conocí, porque la vida cruzo nuestros caminos. La vida es extraña, pero muy bonita y los peludxs, son testigos presenciales de nuestra historia emocional.   Eras un gato coqueto, juguetón y desde el principio muy cariñoso.   

Ese verano de hace trece años con la imprudencia característica de la juventud, decidiste volar por tu cuenta desde la terraza azul. En cierta forma siempre te entendí, yo también salto sin paracaídas muchas veces en mi vida.  Esa noche el cielo estaba estrellado,  Uaja te decía que no era muy buena idea,  pero tú querías cazar una estrella.

Esa noche al volver de ver una película en la filmoteca con Estef, tú no estabas por ningún sitio.  Uaja estaba en la terraza, como diciendo “este fue el último sitio donde lo vi”.   Me fui por los tejados cercanos a buscarte, pero no había ningún rastro.  Calme a Estef, diciéndole que al final eras un gato, seguro dabas una vuelta y volverias.

A la mañana siguiente tocaron la puerta en casa,  la vecina nos vino a preguntar si teníamos un gato.  Así supimos que habías volado cuatro pisos, dando sus correspondientes voltoretas mortales. Como buen felino habías caído de pie y tan chulo como eres bajabas medio cojeando la calle rodas. 

Esa noche  Ángel subía la calle Rodas hacia Embajadores  cuando te vio caer y ponerte andar, un hilillo de sangre bajaba por la comisura izquierda de tu boca.  Te cogió, eran las doce de la noche. Llamo a todos los timbres,  la vecina dijo que no tenía gato, pero se dieron los teléfonos para poder preguntar a otros vecinos.  Te llevaron a urgencias.
Ángel, como todxs los humanos que te han conocido, se había enamorado de ti. Si no aparecía dueño te adoptaría.   

Para siempre te quedo ese diente roto, con esa sonrisa de canalla.  Y en la terraza azul extremamos precauciones conociendo que eres un “Gato paracaidista”.   Son muchos años siendo amigos,  los animalitxs de la terraza azul, están asilvestrados, por eso cuando vienes de vacaciones eres mas “gato” y atrevido que de normal.  Se prende la chispa de la aventura y recuerdas que una vez volaste y sobreviviste, eso te da un estatus de dios frente a los otros. 

Sé que las peludas piensan que eres un poco cascarrabias, pero por esas normas extrañas de la empatía animal, te respetan  y  te dan todo el espacio que necesites.

Esta semana conocí a una gata de veinte años, ojala vivas todo eso y mas.

Lo que es seguro segurísimo, es que serás un gato amado y seductor hasta tu último aliento.


¡Te queremos canalla! 

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